Jon LEONARDO, Catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto
Estamos en el umbral de un cambio económico y social que tiene su correlato en lo modos y maneras que nos toca vivir. Seguimos viendo el futuro con la inercia del pasado, pensando que es posible seguir manteniendo vigentes pautas de comportamiento que hasta hace poco tiempo considerábamos adecuadas pensando que sólo es cuestión de tiempo y que siempre que “ha llovido ha escampado” y que ahora pasará lo mismo, que todo es cuestión de tiempo y que volveremos a seguir como hasta ahora.
Un análisis somero de la realidad nos muestra que los cambios no son lineales, de la misma forma que el crecimiento personal es un proceso que está lleno de rupturas: adolescencia, juventud…, no lineal, lo mismo sucede en los procesos sociales. Venimos de una sociedad en la que los modelos de comportamiento, los valores, están íntimamente ligados a una visión de la realidad que ha buscado deliberadamente la maximización de los sistemas de gratificación y de recompensa sobre la base de un consumo individual exacerbado. Se ha pasado, como dice Lipovetsky, de la ética del trabajo a la ética de la seducción. Al mismo tiempo, en este contexto de búsqueda de fuentes de satisfacción generalizada, hemos intentado inculcar a las siguientes generaciones una serie de valores: trabajo, esfuerzo, austeridad y demás, en un intento banal de recuperar el “tiempo perdido” para terminar afirmando: “esto ya no es lo que era”, sin darnos cuenta que nuestro propio discurso choca frontalmente con las pautas de comportamiento dominantes basadas en la gratificación inmediata, en la atracción de determinados reclamos: éxito, juventud, glamour, que al fin y a la postre terminan abocando a una incitación al consumo desaforado. No hemos dicho: “no consumas, sé austero” sino: “consume, pero recicla”, éste el sino de nuestro tiempo.
La crisis económica ha puesto patas arriba nuestro modo de vida, ¿qué hacer desde Euskadi en un contexto como el actual? ¿hacia dónde avanzar? Evidentemente no hay soluciones mágicas al respecto pero, independientemente de las medidas concretas a adoptar, desde el punto de vista cultural deben adoptarse unas estrategias a medio plazo que vayan generando nuevos modos de vida coherentes con una nueva sociedad. Desde mi punto de vista, un debate sobre valores y pautas de comportamiento a futuro debería dar prioridad a los siguientes aspectos:
- • Responsabilidad medioambiental, que pasa por la transformación de los comportamientos vinculados al uso y distribución de la energía, de los recursos naturales y territoriales, máxime en una sociedad como la vasca carentes de esos recursos. Hay que partir de una constatación objetiva: la escasez de suelo, lo cual general una presión sobre el mismo que repercute en todas las políticas territoriales, no se puede hipotecar el suelo por generaciones. La responsabilidad medioambiental no es sólo un deber sino una exigencia de supervivencia a futuro. Consecuentemente hay que replantear el modelo productivo introduciendo las modificaciones oportunas de cara a aumentar la eco-eficiencia en todas sus dimensiones.
- • Consenso normativo en torno a las relaciones Capital-Trabajo. La crisis está golpeando seriamente a las distintas sociedades. La resistencia a la misma no es sólo una cuestión técnica sino normativa. Euskadi ha sido pionera en la creación de modelos alternativos: véase el modelo cooperativo, en las relaciones laborales. Es más, Euskadi posee una tasa de desigualdad muy inferior a otras sociedades. Este es un gran activo. La salida de la crisis y la apuesta con éxito de cara a futuro exigirá la institucionalización de un nuevo pacto, de un nuevo sistema de relaciones laborales en el que los dos sectores: Capital y Trabajo establezcan las bases de un acuerdo institucional que permita por un lado, repartir cargas y beneficios y por el otro, asumir la parte alícuota de responsabilidad y de esfuerzo en la salida de la crisis.
- • Reorientación normativa de la innovación tecnológica de nuestras empresas. Hay que debatir en torno a las opciones de desarrollo tecnológico adecuadas en el nuevo horizonte al que estamos abocados. No se trata a estas alturas de debatir qué es lo que y qué es lo que no que no se debe investigar, además de inviable y absurdo, no vivimos en una sociedad de planificación centralizada. Pero sí se pueden determinar normativamente qué políticas tecnológicas merecen ser impulsadas y apoyadas cuáles no. A este respecto, habría que apoyar políticas tecnológicas que favorezcan la sostenibilidad, el desarrollo de bienes y satisfacción de necesidades colectivas sobre otras de carácter individual, que impulsen una mejora de la calidad de vida al menor gasto de recursos, etc.
En definitiva, Euskadi se enfrenta a una reorientación normativa de los valores que han configurado su desarrollo en los últimos tiempos. Como decía Heráclito en el siglo V: “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”







